REFLEXIONAR
Qué importante es detenerse a meditar, o a reflexionar.
Ralentizar la velocidad y sentir el lento latido de la vida a la sombra de un árbol, ante un café o un té, en la puesta de sol, en el banco del parque, mientras acariciamos al ser amado, en el sillón de casa, cuando nos detenemos ante el fragmento del libro que nos hace pensar y sentir. Donde sea. Parar. Mirar adentro (re-flexionar, re-flejar), como si nos pusiéramos ante un espejo.
Reflexionar serenamente nos limpia el alma porque nos hace contemplar lo vivido, lo presente y lo que está por vivir desde múltiples perspectivas.
Muchos sufrimientos nos evitaríamos si reflexionáramos más y mejor antes de decidir según qué. Incluso en las pequeñas decisiones cotidianas, la elección hecha con reflexión podría cambiar el mundo.
Porque reflexionar es mirar con cuidado, contemplar alternativas, ponerse en la piel del otro, adentrarse en la propia piel. Reflexionar es, en definitiva, cuidar. Y cuidar es la esencia del amor. Luego, al reflexionar ejercitamos ese gesto interno que nos lleva a apreciar la vida que nos ha sido dada, y también al vecino, al compañero, al amigo, al otro.
No deja de sorprenderme el poco valor que damos a los gestos sencillos pero que de verdad nos transforman la vida. Reflexionar es uno de ellos, sin duda. Parece que vivimos en un mundo que valora la intensidad más que la profundidad, el petardo más que el beso, lo banal más que lo verdadero, el titular más que el poema, el estruendo más que el silencio. Esto no va. Y todo ello se arreglaría con mejores dosis de meditación y de reflexión. Porque la acción que se desprende de ellas tiende a ser (no hay garantías, no obstante), más madura, más sistémica, más humana.
Sobre el buen hábito de la reflexión nos habla esta última entrada de mi bitácora "Reflexiones".
Espero que os sea útil.
Besos y abrazos,
Álex
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